sábado, 16 de diciembre de 2006

JUAN AZÚA: MUSICO, DEPORTISTA, AMIGO

No le conocí personalmente, nos unía el echo de haber pisado en innumerables ocasiones el mismo verde del recinto deportivo. Varias veces nos enfrentamos, formábamos parte del curioso grupo de hombres que pasado los 50 nos seguimos poniendo zapatos de fútbol y corremos detrás del balón con el mismo entusiasmo de cuando eramos niños, no así con la misma agilidad, ni con igual condición física. Es curioso, todos conocemos el riesgo, un peligro distinto al de antes, probablemente hoy nuestra lentitud nos exponga menos a las lesiones musculares, de ligamento u óseas. Es nuestro corazón, son los infartos, mayoritariamente mortales, quien nos acompaña ensombreciendo nuestro entusiamo de niños. Antes de Juan, han habido otros que han terminado tendidos sin vida en ese pasto que nos atrae, varios que han cedido su nombre para ser estampado en una copa que coronará al ganador de un campeonato. Después de Juan vendrán otros, la misma liturgia, un minuto de silencio previo al inicio de cada uno de los partidos que permiten avanzar una nueva fecha del campeonato.
Que misterio entrañable el de la muerte, ¿seguiremos jugando fútbol en el más allá?. ¿Podrá Juan continuar con su pasión por la música?. ¿Seguiremos siendo después de cada violento y mortal infarto? o todo termina allí, tendido en el húmedo y verdoso pasto, trás las sombras de un grupo de amigos acongojados, que con lágrimas en los ojos rodean el inerte cuerpo.
El músico Juan Azúa ha dejado su obra, una obra con blancas y corcheas que lo hacen inmortal en la memoria de quienes le admiran. Permanecerá en el corazón de sus amados hijos y de quienes en un ambiente de intimidad familiar le conocieron más allá de la música.
Adios amigo, adios artista, adios colega del fútbol, ya pronto otros te seguiremos.

viernes, 15 de diciembre de 2006

DISCULPAS

Un enfervorizado partidario de Pinochet tuvo sus 15 minutos de fama durante un despacho que realizaba una periodista española a su país. Este individuo, que no representa la hospitalidad del chileno, agredió verbal y fisicamente, a la corresponsal, arrebatándole el micrófono de las manos para dar a conocer una grosera arenga en apoyo a su ídolo muerto.
El colegio de periodistas de Chile, amenazó con querellas, contra todos quienes participaron en diversos tipos de agresión contra la prensa.
Ayer, 14 de diciembre de 2006, escuchamos en Chile las disculpas del exaltado, con lo cual evitó las acciones judiciales. No puedo dejar de manifestar mi sorpresa, si bien las disculpas constituyen un acto de grandeza, presiento que en este caso no es más que un acto de conveniencia, las disculpas públicas entregadas por este individuo no surgen como consecuencia de un verdadero arrepentimiento, aquel que se infiere después de un analisis de conciencia: "actué estupidamente, me averguenza mi acción, pediré disculpas". El espontáneo repudio de la comunidad, las amenazas de acciones judiciales y la oportunidad de cobertura comunicacional constituyeron las razones que le motivaron para la lectura de un comunicado insípido, ajeno, ausente de la emotividad con la que profirió los insultos. Parodiando a Galileo - con el debido respeto por la distancia intelectual y moral entre uno y otro - pudo haber terminado su declaración con un: "sin embargo, me enorgullezco". Mala señal esta, ¿puede un hipócrita arrepentimiento superar la ignominia de un asalto cobarde y grotesco?.

martes, 12 de diciembre de 2006

PINOCHET OTRA VEZ

Los diarios del mundo se han llenado durante los últimos días con noticias de Chile, con una noticia en particular, la muerte de Augusto Pinochet Ugarte. Pareciera ser que este es el único nombre que mueve el interés por este pequeño país ubicado al fin del planeta. Se han despertado los más increibles sentimientos tanto en adherentes como en detractores.
En un país donde 15 millones de habitantes trabajan, estudian, gozan y sufren diariamente; las miradas se centran en una cantidad no superior a tres mil que fueron a llorar, con violenta agresividad, sus penas al hospital militar una vez conocido el deceso de a quién solo le faltaba en la vida morir. Otro grupo no superior, en una actitud de patética alegría, celebraban con champaña la anunciada muerte de quién se acompañó de muerte y dolor durante los últimos 30 años de su existencia. Nuestros medios de comunicación se llenan con la vida y obra del general, suplementos escritos y programas de televisión que surgen como insectos después de la lluvia, en muestra evidente que su final era esperado, la muerte le rondaba desde algún tiempo, las plañideras tenian ya contratada su participación, así como los acuerdos protocolares entre gobierno y ejercito para los honores funerarios yacian en hojas amarillentas.
Han pasado treinta y tres años desde el comienzo de la era Pinochet. Muchos de los pequeños hijos de los detenidos desaparecidos de aquel entonces son hoy padres, no pocos abuelos. Hombres y mujeres que han crecido y vivido bajo el estigma del ser querido no encontrado, bajo la arraigada culpa, con confusos sentimiento de odio y perdón , una vida de marchas, protestas, de burlas y castigos. Una vida que les correspondió vivir. Otros aún disfrutan de las ventajas y beneficios, legales o no, que les permitió abrazar la obra modernizadora del regimen.
Lo cierto es que los chilenos no estamos de acuerdo frente al análisis de un gobierno que se extendión por 17 años, su sola mención nos divide profundamente. Pinochet es hoy en día una palabra de profundos desencuentros, gatilladora de las más diversas emociones que, sin embargo, tienen un lugar común: la violencia; en las palabras, en las acciones, en el pensamiento, en las relaciones, en las poblaciones. Debemos rogar para que una mano poderosa borre en nuestras conciencias una fecha, 11 de septiembre, y un apellido pinochet.