No le conocí personalmente, nos unía el echo de haber pisado en innumerables ocasiones el mismo verde del recinto deportivo. Varias veces nos enfrentamos, formábamos parte del curioso grupo de hombres que pasado los 50 nos seguimos poniendo zapatos de fútbol y corremos detrás del balón con el mismo entusiasmo de cuando eramos niños, no así con la misma agilidad, ni con igual condición física. Es curioso, todos conocemos el riesgo, un peligro distinto al de antes, probablemente hoy nuestra lentitud nos exponga menos a las lesiones musculares, de ligamento u óseas. Es nuestro corazón, son los infartos, mayoritariamente mortales, quien nos acompaña ensombreciendo nuestro entusiamo de niños. Antes de Juan, han habido otros que han terminado tendidos sin vida en ese pasto que nos atrae, varios que han cedido su nombre para ser estampado en una copa que coronará al ganador de un campeonato. Después de Juan vendrán otros, la misma liturgia, un minuto de silencio previo al inicio de cada uno de los partidos que permiten avanzar una nueva fecha del campeonato.
Que misterio entrañable el de la muerte, ¿seguiremos jugando fútbol en el más allá?. ¿Podrá Juan continuar con su pasión por la música?. ¿Seguiremos siendo después de cada violento y mortal infarto? o todo termina allí, tendido en el húmedo y verdoso pasto, trás las sombras de un grupo de amigos acongojados, que con lágrimas en los ojos rodean el inerte cuerpo.
El músico Juan Azúa ha dejado su obra, una obra con blancas y corcheas que lo hacen inmortal en la memoria de quienes le admiran. Permanecerá en el corazón de sus amados hijos y de quienes en un ambiente de intimidad familiar le conocieron más allá de la música.
Adios amigo, adios artista, adios colega del fútbol, ya pronto otros te seguiremos.